Ya es de noche. Está tumbado sobre la cama del céntrico hotel del París en el cual se hospeda. Va cambiando los canales de la televisión sin darles importancia alguna. La mayoría están en francés, otros cuantos en inglés. Ha dado con uno español, pero no se entera de lo que están diciendo, su cabeza está muy lejos de su cuerpo. Acaba parando la televisión, cogiendo su abrigo y marchándose a dar una vuelta. Desde la ventana de su habitación se ve el río Sena y miles de lucecitas reflejadas en las calmadas aguas de éste. Parece que las luces tienen su propia fiesta, moviéndose con las repentinas corrientes que van viniendo. Coge el teléfono móvil también y se marcha.
Hace frío, muchísimo frío. Cada vez que respira sale vaho de su boca y nariz. Va caminando por las calles de la ciudad del amor hasta que llega al rio. Allí, coge el móvil y llama a Nerea.
- ¡Toni! –exclama ella cuando responde.
- Hola fea –dice él con una sonrisa en los labios.
- ¿Qué tal? –pregunta ella obviando el adjetivo que él le acaba de adjudicar.
- Muy bien. ¿Sabes dónde estoy?
- Mmmm… -ella se queda un rato pensando-. En París, ¿no?
- Sí, sí, ¿pero qué sitio?
- Pues… yo que sé. ¿En la Torre Eiffel?
- No. Que poca imaginación que tienes…
- ¡Oye! Menos, ¿eh?
- Estoy en el río Sena, es precioso.
- Que suerte…
- Tendrías que estar aquí, te encantaría –dice convencido.
- Ojalá pudiese… -dice Nerea casi en un susurro.
- Ven.
- Si, volando con la capa de Superman, ¿no?
Los dos ríen. Se quedan callados un momento. A él le vienen a la mente unas de las palabras que le ha dicho la mujer mayor en el aeropuerto: “Y, sobretodo, sé paciente…”
- Tengo ganas de verte –dice él.
- Pues no imaginas cómo estoy yo. Necesito… uno de tus abrazos.
- ¿Y si te lo doy a distancia?
Nerea ríe fuertemente.
- ¿Y eso cómo se hace, listo?
- Pues no tengo ni puñetera idea, pero ya pensaremos algo, ¿no?
- Sí, supongo. Cielo, mis padres me llaman, te tengo que dejar. Ya hablaremos, un beso enorme, te quiero.
Y cuelga.
- Yo también te quiero –dice él aun sabiendo que Nerea ya ha colgado.
En ese momento un par de chicas de unos 18 o 19 años más o menos se asoman al río corriendo, felices, soñadoras.
- ¿Te imaginas que te tiro por aquí? –dice la más alta, aunque no por más de dos centímetros.
- ¿A qué te tiro yo? –le responde la otra.
La voz de la chica alta le resulta muy familiar, demasiado. Se fija más en ella, pero no consigue ver mucho, la oscuridad es mala aliada. La segunda chica hace como que le pega a su amiga, pero las dos ríen.
- Hazme una foto aquí –le dice a la más alta.
- ¿Otra? Cristina, que llevas un montón de fotos ya…
- ¿Y? ¡Va!
Su amiga resopla y acaba haciéndosela.
- Va, vámonos que nos estarán esperando –dice la chica del nombre desconocido.
- ¡Sí mama! –dice Cristina.
Su amiga, en el último momento, se gira y mira a Toni. Por unos segundos ambos se mantienen la mirada pero ella acaba apartándola.
- Vamos ya, ¿no? Que luego dices de mi, ¿¡eh!? –dice Cristina empujándola.
- ¡Ay! Calla pesada. Es que creo que conozco a ése de ahí, pero no estoy segura. La puñetera luz ésta…
- Anda calla, ¿qué vas a conocerlo? Si seguro que es un francés buenorro… ¡Grr…! –dice haciendo un gesto con la mano Cristina.
Las dos ríen.
- Siempre pensando en lo mismo… ¡Ya te vale! –le riñe su amiga dándole un empujón.
Y, entre risas, desaparecen.
Toni acaba convenciéndose de que no conoce a ninguna de esas chicas y, dándole un último vistazo al río, con la cara de Nerea en la mente, decide volver al hotel.

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